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La política performativa: cómo las redes sociales cambiaron al político promedio

  • Foto del escritor: Valdez-Hernández, Luis Alberto
    Valdez-Hernández, Luis Alberto
  • hace 4 días
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: hace 3 días

Durante mucho tiempo se dijo que la política consistía en representación, deliberación y disputa por el poder. Hoy habría que añadir otro elemento: escenificación.

Y no, no es que antes los políticos no actuaran; lo que ocurre es que las redes sociales han llevado esa actuación al centro mismo de la competencia pública como nunca antes.

Al político contemporáneo ya no le basta tener ideas, estructura o capacidad de negociación; ahora también debe ser visible, legible, grabable, compartible y emocionalmente rentable. En otras palabras, debe funcionar como personaje.

Y en este contexto, el concepto de política performativa sirve para entender este cambio. Lejos de sugerir que “todo es un show” (una lectura simplista y superficial), esta perspectiva subraya que la política ha tenido siempre una dimensión inherentemente teatral, donde operan roles, rituales, escenarios, códigos, gestos que producen legitimidad.

En realidad, no es una idea nueva. Desde mediados del siglo pasado, Erving Goffman (1959) desarrolló su célebre perspectiva dramatúrgica, según la cual la vida social se organiza como una puesta en escena permanente en la que los individuos interpretan y presentan versiones de sí mismos ante los demás; en tanto que Hanna Pitkin (1967) recordaba que el acto de representar en política consiste, literalmente, en “hacer presente” a alguien o algo en el espacio público, es decir, dar cuerpo y visibilidad a lo ausente.

Por tanto, la pregunta de nuestro tiempo no es si la política se representa, sino cuál es el tipo de representación que premian las plataformas.

Aquí entra un segundo marco clave: la mediatización de la política, misma que Strömbäck (2008) explicó como una transformación en la que los medios dejan de ser simples canales y se convierten en estructuras que moldean el comportamiento de los propios actores políticos. Bajo esta lógica, en la búsqueda de mayor posicionamiento, las figuras políticas terminan adaptando su lenguaje, sus tiempos, sus prioridades y hasta su estilo personal a las reglas del entorno mediático.

Ciertamente, el paso de la televisión hacia las plataformas no suprimió ese proceso; por el contrario, lo radicalizó, puesto que, efectivamente, la política se diseña cada vez más para medios que premian brevedad, estridencia, personalización e impacto inmediato.

Eso explica por qué el político promedio ha cambiado tanto. Antes se esperaba de él, sobre todo, disciplina partidista, capacidad oratoria, operación territorial y cierta solemnidad institucional. Hoy se le exige, además, una mezcla extraña que incluye espontaneidad profesional, intimidad calculada, claridad simplificada, capacidad de viralización, disponibilidad permanente, incluso ciertos atributos físicos. Ya no basta con “hablar bien y bonito”; hay que saber condensar un conflicto complejo en 20 segundos, posar sin parecer posado, indignarse sin parecer hipócrita, y parecer “del pueblo” sin perder autoridad.

Y las plataformas no permanecen neutrales frente a esa transformación. Diversos estudios han documentado que los contenidos impregnados de alta carga emocional, antagonismo y definiciones identitarias claras tienden a maximizar la interacción y la circulación viral. Paralelamente, las generaciones más jóvenes obtienen una proporción creciente de su información sobre asuntos públicos de manos de figuras híbridas que difuminan las fronteras entre comentarista político, creador de contenido e influencer (Rathje et al., 2021; Stocking et al., 2024).

Benjamin Moffitt (2016) ofrece una pista especialmente útil para comprender esta mutación. Su tesis es que buena parte del populismo contemporáneo opera como estilo político performado: el líder no se limita a proponer políticas, sino que encarna una escena; no solo gobierna, sino que dramatiza el conflicto; no solo comunica, sino que construye una narrativa donde él mismo aparece como protagonista de una crisis permanente.

Los casos abundan. Nayib Bukele es uno de los ejemplos más nítidos en América Latina. Su liderazgo en El Salvador no puede entenderse sin su dimensión escénica. Su política de seguridad ha estado acompañada de una estética digital extremadamente eficaz, cargada de imágenes potentísimas (detenidos esposados y semidesnudos, videos de traslados carcelarios, tomas aéreas del CECOT convertidas en propaganda de orden, etcétera): performance del castigo.

Otro ejemplo paradigmático es Javier Milei. Su icónica motosierra fue más que el símbolo de su campaña; fue, ante todo, una interfaz política con la que pudo evitar entrar en detalles técnicos de su programa; en su lugar, ofreció una imagen inequívoca y visceral de su proyecto: cercenar el gasto, acabar con la "casta" y demoler el viejo orden: performance de la ruptura.

En México, el caso de Mariana Rodríguez y Samuel García ayudó a volver visible otra transformación: por un lado, la del político influenciado por la lógica del influencer; por otro, la del influencer empujado hacia la política. Vale la pena destacar que, en 2024, Rest of World reportó que Mariana Rodríguez tenía más seguidores en Instagram que los tres candidatos presidenciales juntos y que las autoridades electorales lidiaban con un marco legal que no estaba diseñado para regular este tipo de figuras híbridas (Flores, 2024). Y más todavía: ese mismo año, Jorge Álvarez Máynez fue presentado como candidato presidencial de Movimiento Ciudadano en un video difundido por la pareja neolonesa, en un claro síntoma de que ya no siempre entra primero a la política quien construyó carrera partidista; a veces entra con ventaja quien ya domina el lenguaje de la viralidad.

Hay, sin embargo, una precisión importante. No toda política performativa es necesariamente vacía, frívola o banal. Y Volodímir Zelenski es testimonio de ello, toda vez que, al inicio de la invasión rusa, sus videos tipo selfie desde Kiev funcionaron como una muestra efectiva de presencia, resistencia y mando, dejando ver que la teatralidad no siempre es el problema. El problema aparece cuando la escena sustituye al argumento. Y, siendo honestos, esto último suele ser la regla y no propiamente la excepción.

Aun así, se debe reconocer que los partidos políticos difícilmente revertirán esta lógica, pues son al mismo tiempo partícipes y cautivos de ella, puesto que el giro en el comportamiento del político promedio es, en realidad, la consecuencia de un cambio más estructural en las expectativas ciudadanas, configuradas por las dinámicas de las plataformas.

Hoy muchos electores esperan de sus líderes exposición constante, respuestas inmediatas, cierto tipo de emocionalidad... En el lenguaje del metaverso político, esperan que les emane “aura”; en términos prácticos, esa cercanía simulada, esa ilusión de intimidad que las plataformas prometen y que el político debe escenificar sin descanso.

En contraste, el líder distante, técnico y parsimonioso tiende a percibirse como opaco o políticamente ineficaz.

En fin... La tesis de fondo es que, si bien es evidente que las redes sociales han transformado la comunicación política, pocos han comprendido cabalmente hasta qué punto han reconfigurado el tipo de capital político que hoy resulta más rentable. Y es precisamente ese capital —el que ahora premian los algoritmos— el que los nuevos políticos persiguen con creciente interés.

Eso no significa que el partido, el territorio, la organización o el programa hayan desaparecido. Significa, más bien, que hoy llegan más lejos quienes logran traducir todo eso al idioma de las plataformas. Y ahí está el problema de fondo: la democracia sigue necesitando representantes, pero el mercado de atención premia cada vez más a los intérpretes.


Referencias:

  • Flores, C. (2024, May 23). This Instagram star might soon be mayor of one of Mexico’s wealthiest cities. Rest of World. https://restofworld.org/2024/mexico-monterrey-election-influencer/ 

  • Goffman, E. (1959). The presentation of self in everyday life. Doubleday.

  • Moffitt, B. (2016). The global rise of populism: Performance, political style, and representation. Stanford University Press.

  • Pitkin, H. F. (1967). The concept of representation. University of California Press.

  • Rathje, S., van Bavel, J. J., & van der Linden, S. (2021). Out-group animosity drives engagement on social media. Proceedings of the National Academy of Sciences, 118(26), Article e2024292118. https://doi.org/10.1073/pnas.2024292118 

  • Stocking, G., Wang, L., Lipka, M., Matsa, K. E., Widjaya, R., Tomasik, E., & Liedke, J. (2024, November 18). America’s news influencers. Pew Research Center. https://www.pewresearch.org/journalism/2024/11/18/americas-news-influencers/ 

  • Strömbäck, J. (2008). Four phases of mediatization: An analysis of the mediatization of politics. The International Journal of Press/Politics, 13(3), 228–246. https://doi.org/10.1177/1940161208319097



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