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La infraestructura invisible del poder: quién manda cuando se cae la red

  • Foto del escritor: Valdez-Hernández, Luis Alberto
    Valdez-Hernández, Luis Alberto
  • hace 4 días
  • 8 Min. de lectura
Cables submarinos, nubes digitales, centros de datos y algoritmos sostienen una parte creciente de la vida pública. El poder contemporáneo también se juega en las infraestructuras que casi nadie ve.

Hay formas de poder que se anuncian con banderas, discursos, escoltas y ceremonias. Otras operan en silencio. Están bajo el mar, dentro de centros de datos, en regiones de nube, en fábricas de semiconductores, en sistemas de ciberseguridad y en algoritmos que administran la visibilidad de la vida pública.

Durante buena parte de la modernidad, pensar el poder significó mirar hacia el Estado: presidentes, congresos, tribunales, ejércitos, policías y burocracias. Esa mirada conserva plena vigencia. El Estado mantiene capacidades jurídicas, fiscales, coercitivas y simbólicas que ningún actor privado posee por completo. Aun así, la vida contemporánea agregó una capa decisiva: la infraestructura digital. Una parte creciente de la economía, la administración pública, la comunicación social, los pagos, la seguridad y la deliberación política depende de redes privadas, globales y altamente concentradas.

La pregunta ya no puede formularse únicamente como “¿quién gobierna?”. Conviene agregar otra: ¿quién puede interrumpir el funcionamiento ordinario del mundo?

I. El poder como estructura

La ciencia política y la economía política internacional ofrecen herramientas útiles para entender este fenómeno. Susan Strange sostuvo que el poder no consiste únicamente en obligar a otros a hacer algo; también consiste en configurar las estructuras dentro de las cuales los demás actúan. A esa capacidad la llamó poder estructural. Su argumento es importante porque desplaza la atención desde la orden visible hacia las condiciones profundas que organizan los márgenes de acción de Estados, empresas y sociedades (Strange, 1988).

Michael Mann, desde la sociología histórica, distinguió entre poder despótico y poder infraestructural. El primero alude a la capacidad de una autoridad para imponer decisiones; el segundo se refiere a la capacidad de penetrar el territorio y coordinar la vida social mediante redes, instituciones, información y organización (Mann, 1984). Esta distinción ayuda a leer el presente: quien administra infraestructuras críticas puede condicionar la vida colectiva sin ocupar formalmente el gobierno.

En el mundo digital, estas ideas adquieren una actualidad evidente. Las plataformas y proveedores tecnológicos han acumulado una forma de poder que Maryanne Kelton, Michael Sullivan, Zac Rogers, Emily Bienvenue y Sian Troath han descrito como soberanía virtual: una capacidad privada para organizar entornos digitales, extraer datos, modelar conducta y afectar funciones tradicionalmente asociadas a la soberanía estatal (Kelton et al., 2022).

II. Bajo el mar: la política de los cables submarinos

La imagen común de internet suele ser aérea: satélites, señales inalámbricas, ondas invisibles. La realidad material es más terrestre y submarina. La Unión Internacional de Telecomunicaciones estima que los cables submarinos transportan aproximadamente el 99% del tráfico mundial de internet y permiten servicios críticos como transacciones financieras, computación en la nube y comunicaciones gubernamentales (International Telecommunication Union [ITU], 2026).

La infraestructura digital global descansa, entonces, sobre rutas físicas extensas, costosas, vulnerables y estratégicas. Un cable submarino puede tomar más de dos años desde su diseño hasta su operación. Su reparación depende de buques especializados, permisos, ventanas climáticas, ubicación geográfica y coordinación entre empresas y Estados. La fragilidad no proviene únicamente de sabotajes. También aparece por anclas, pesca, envejecimiento, movimientos geológicos y errores operativos.

Aquí surge una consecuencia política: la soberanía ya no puede pensarse únicamente como control jurídico del territorio. También implica capacidad para proteger, diversificar y comprender las rutas por donde circulan datos, finanzas, comunicaciones estatales y servicios esenciales. El mar se convirtió en una extensión silenciosa del espacio político.

III. La nube y el poder de la dependencia

La nube suele imaginarse como algo liviano. Su nombre ayuda al engaño. En términos materiales, la nube está hecha de edificios, servidores, electricidad, fibra óptica, refrigeración, software, regiones geográficas, contratos y protocolos técnicos.

Su fuerza política proviene de una combinación delicada: ofrece flexibilidad a millones de usuarios, al mismo tiempo que concentra capacidades críticas en pocos proveedores. Synergy Research Group estimó que el gasto empresarial mundial en infraestructura de nube alcanzó 119.1 mil millones de dólares en el cuarto trimestre de 2025. En ese periodo, Amazon Web Services tuvo 28% del mercado global, Microsoft 21% y Google 14%. En la nube pública, los tres proveedores concentraron 68% del mercado (Synergy Research Group, 2026).

Esta concentración no significa control absoluto del mundo digital. Significa asimetría operativa. Gobiernos, bancos, universidades, hospitales, medios, empresas y plataformas pueden depender de regiones, bases de datos, servicios de identidad, APIs y arquitecturas administradas por empresas privadas. Migrar de proveedor puede ser caro, lento o técnicamente complejo.

Justice Opara-Martins, Reza Sahandi y Feng Tian estudiaron este problema bajo el concepto de vendor lock-in: la situación en la que un usuario queda atado a un proveedor por falta de estándares, baja interoperabilidad, costos de migración, dependencia contractual o incompatibilidades técnicas (Opara-Martins et al., 2016). En términos políticos, el encierro tecnológico convierte una decisión administrativa en una relación de dependencia.

IV. Cuando falla una pieza, aparece la arquitectura

Las grandes caídas tecnológicas permiten observar lo que normalmente permanece oculto. El caso CrowdStrike, en julio de 2024, mostró que una actualización defectuosa de software de ciberseguridad podía producir impactos globales. Microsoft estimó que la falla afectó 8.5 millones de dispositivos Windows. La cifra representó menos del 1% del total de equipos Windows, aunque el impacto fue amplio por el uso de CrowdStrike en organizaciones que operan servicios críticos (Microsoft, 2024).

El episodio de Cloudflare del 18 de noviembre de 2025 reveló otra capa de fragilidad. La empresa informó que una modificación en permisos de base de datos generó un archivo de características más grande de lo esperado para su sistema de gestión de bots. Ese archivo se propagó por su red y produjo fallas importantes en la entrega de tráfico. Cloudflare aclaró que el incidente no fue causado por un ciberataque (Prince, 2025).

Estos episodios tienen una enseñanza común: la vulnerabilidad digital no requiere siempre un enemigo externo. Puede emerger de una actualización, una automatización defectuosa, una configuración mal evaluada, una región crítica o una dependencia en cascada. La infraestructura falla como sistema, y cuando lo hace muestra la trama de interdependencias que sostiene la vida cotidiana.

V. Chips, energía y centros de datos: la materialidad del mundo digital

El poder digital depende de una cadena material más amplia. Detrás de cada algoritmo hay semiconductores. Detrás de cada modelo de inteligencia artificial hay centros de datos. Detrás de cada centro de datos hay electricidad, agua, suelo, permisos, redes de transmisión y cadenas de suministro.

La Agencia Internacional de Energía reportó que la demanda eléctrica de los centros de datos aumentó 17% en 2025, mientras la de los centros enfocados en inteligencia artificial creció a un ritmo todavía mayor. La misma agencia estima que el consumo eléctrico de los centros de datos podría duplicarse hacia 2030, y que el consumo de los enfocados en IA podría triplicarse (International Energy Agency [IEA], 2026).

Este dato cambia la conversación. La infraestructura digital pertenece al campo de la política tecnológica, energética, industrial, ambiental y territorial. La inteligencia artificial intensifica esa presión. Más cómputo exige más chips. Más chips exigen cadenas de suministro sofisticadas. Más centros de datos exigen energía disponible, estable y competitiva.

La nube tiene peso. La inteligencia artificial consume electricidad. Los datos ocupan espacio. El mundo digital se instala en territorios concretos.

VI. El nuevo Leviatán privado

La metáfora del Leviatán permite pensar el poder moderno. En Hobbes, el Leviatán era el Estado que garantizaba orden frente al miedo a la guerra civil. En el siglo XXI emerge una figura distinta: un Leviatán distribuido, contractual, corporativo e infraestructural. No reemplaza al Estado. Lo rodea, lo sostiene, lo abastece y en ocasiones lo limita.

Este Leviatán opera mediante términos de servicio, estándares técnicos, acuerdos de nivel de servicio, APIs, centros de datos, cables, chips, capas de seguridad y sistemas de recomendación. Su autoridad no proviene del voto. Proviene de la dependencia.

La ciudadanía lo percibe cuando una aplicación deja de funcionar. El gobierno lo percibe cuando un trámite digital se interrumpe. La empresa lo percibe cuando su operación depende de una región cloud. El periodista lo percibe cuando la distribución de información queda mediada por plataformas. El regulador lo percibe tarde, cuando descubre que la arquitectura técnica organizó el terreno antes de que la norma llegara.

Aquí está el núcleo del problema: la infraestructura digital se volvió una forma de poder público gestionado por actores privados.

VII. Soberanía digital como capacidad

La respuesta no debería reducirse a nacionalismo tecnológico ni a rechazo de la nube. Sería ingenuo pensar que cada Estado puede producir por sí mismo todos los chips, cables, centros de datos, sistemas operativos, servicios cloud y plataformas que utiliza.

La soberanía digital puede entenderse con mayor precisión como capacidad. Capacidad de saber de quién se depende. Capacidad de auditar proveedores. Capacidad de cambiar de servicio sin costos prohibitivos. Capacidad de mantener redundancias. Capacidad de proteger datos críticos. Capacidad de conservar funciones esenciales durante interrupciones. Capacidad de regular terceros sistémicos. Capacidad de exigir transparencia cuando una falla privada afecta servicios de interés público.

En ese sentido, el debate no debe formularse como una oposición simple entre usar tecnología privada o construir tecnología estatal. La cuestión madura es otra: qué funciones críticas dependen de qué proveedor, bajo qué riesgos, con qué alternativas y con qué plan de salida.

VIII. Una agenda mínima para discutir el poder digital

El debate público necesita abandonar la idea de que las caídas tecnológicas son accidentes aislados. Cada interrupción importante debería abrir una investigación sobre capas de dependencia. ¿Falló una aplicación, un proveedor de nube, una región, un servicio de identidad, un CDN, un cable, una actualización de seguridad, un sistema de pagos, una red eléctrica o una cadena de semiconductores?

También hace falta pensar la infraestructura digital como asunto democrático. La ciudadanía puede votar gobiernos, castigar partidos y exigir cuentas a autoridades. Resulta mucho más difícil exigir responsabilidad a proveedores globales cuya operación afecta servicios públicos, mercados y conversaciones políticas. Esa distancia entre impacto público y control democrático es una de las tensiones centrales del siglo XXI.

Una agenda seria de gobernanza digital tendría que incluir inventarios públicos de dependencias críticas, estándares de interoperabilidad, cláusulas obligatorias de portabilidad, auditorías de resiliencia, planes de continuidad operativa, supervisión de terceros críticos, capacidades técnicas estatales y reglas claras para reportar incidentes con impacto social.

La dependencia no desaparece por decreto. Puede volverse visible, negociable y gobernable.

Conclusión: mirar donde fluye el poder

La política moderna enseñó a mirar instituciones: presidencias, parlamentos, tribunales, partidos, ejércitos. La política contemporánea exige mirar infraestructuras: cables, nubes, chips, centros de datos, plataformas, algoritmos, energía y sistemas de ciberseguridad.

El poder del siglo XXI circula por esos espacios. Se concentra allí donde pasan los datos, donde se aloja la información, donde se calcula la inteligencia artificial, donde se filtra el tráfico, donde se autoriza un pago, donde se valida una identidad, donde se recomienda un contenido y donde se sostiene la continuidad de servicios esenciales.

Cuando se cae la red, aparece una verdad incómoda: buena parte de nuestra vida pública depende de estructuras que casi nadie ve, que pocos entienden y que muy pocos pueden controlar.

Por eso, la pregunta decisiva no es únicamente quién manda.La pregunta decisiva es quién sostiene la infraestructura sin la cual nadie puede mandar.

Referencias

Cloudflare. (2025, 18 de noviembre). Interrupción del servicio de Cloudflare el 18 de noviembre de 2025.

International Energy Agency. (2026, 16 de abril). Data centre electricity use surged in 2025, even with tightening bottlenecks driving a scramble for solutions.

International Telecommunication Union. (2026). Submarine cable resilience.

Kelton, M., Sullivan, M., Rogers, Z., Bienvenue, E., & Troath, S. (2022). Virtual sovereignty? Private internet capital, digital platforms and infrastructural power in the United States. International Affairs, 98(6), 1977–1999. doi:10.1093/ia/iiac226.

Mann, M. (1984). The autonomous power of the state: Its origins, mechanisms and results. European Journal of Sociology / Archives Européennes de Sociologie, 25(2), 185–213. doi:10.1017/S0003975600004239.

Microsoft. (2024, 20 de julio). Helping our customers through the CrowdStrike outage.

Opara-Martins, J., Sahandi, R., & Tian, F. (2016). Critical analysis of vendor lock-in and its impact on cloud computing migration: A business perspective. Journal of Cloud Computing, 5, Article 4. doi:10.1186/s13677-016-0054-z.

Strange, S. (1988). States and markets. Pinter Publishers.

Synergy Research Group. (2026, 5 de febrero). GenAI helps drive quarterly cloud revenues to $119 billion as growth rate jumped yet again in Q4.

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