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¿Por qué deberías crear contenido aunque nadie te vea? — Parte I: aprender en público

Foto del escritor: Valdez-Hernández, Luis Alberto
Valdez-Hernández, Luis Alberto
hace 2 días
4 min de lectura

Hace seis meses comenzó Apuntes Críticos.

Podría aprovechar este pequeño hito para hablar de números, seguidores, visualizaciones o publicaciones (algunas de esas cifras, de hecho, habrían sido difíciles de imaginar cuando empezó el proyecto), pero, al mirar hacia atrás, hay algo que me resulta bastante más interesante: cuánto he aprendido durante estos seis meses.

Y no me refiero únicamente a haber acumulado información.

Crear contenido me ha obligado a aprender de una manera que pocas experiencias académicas o profesionales habían conseguido antes.

Cada publicación comienza, casi siempre, con una curiosidad. Una pregunta, una frase, un libro, una discusión, una noticia o una intuición que parece suficientemente interesante como para detenerse en ella. A partir de ahí comienza un proceso que desde fuera no siempre resulta visible.

Hay que buscar, leer, contrastar, descartar, distinguir entre una fuente que parece decir algo y otra que realmente permite sostenerlo.

Después hay que tomar toda esa información y decidir qué importa, qué puede dejarse fuera, qué necesita contexto, qué simplificación ayuda a comprender y cuál empieza a deformar aquello que intentamos explicar.

Y luego viene probablemente la parte más difícil: intentar contárselo a alguien más.

Entender algo no siempre significa poder explicarlo

Una de las cosas que más me ha enseñado crear contenido es lo fácil que resulta creer que entendemos algo hasta que intentamos explicarlo.

Mientras una idea permanece en nuestra cabeza puede conservar zonas bastante cómodas de ambigüedad. Sabemos, más o menos, de qué estamos hablando, reconocemos los conceptos, podemos seguir una discusión sobre el tema... Pero entonces hay que convertir todo eso en un texto de unas cuantas líneas, un carrusel, un video o una explicación de algunos minutos.

Y empiezan los problemas.

¿Qué significa exactamente este concepto? ¿De dónde salió esta afirmación? ¿No estoy simplificando demasiado? ¿Existe una excepción importante? ¿Estoy utilizando correctamente esta palabra? ¿Puedo sostener lo que acabo de escribir?

Crear obliga a cerrar algunas de esas zonas grises.

No porque al final uno tenga todas las respuestas; simplemente, porque explicar algo a otros exige un grado de claridad que pensar solamente para uno mismo no siempre demanda.

No necesitas millones de personas

Hoy una publicación puede llegar a una audiencia que hace seis meses me habría parecido absurda. Pero hay algo curioso: no recuerdo haber sentido mucho menos presión cuando las publicaciones llegaban apenas a unos cientos de personas.

Porque quizá la diferencia verdaderamente importante no está entre cien espectadores y un millón.

Está entre cero y uno.

En el momento en que alguien puede leer lo que escribiste, cuestionarlo, compartirlo, aprender algo de ello o descubrir un error, cambia tu relación con lo que publicas. A veces, basta un solo lector para sentir responsabilidad.

Saber que alguien está al otro lado de la pantalla introduce una forma particular de escrutinio. Uno empieza a preguntarse cosas que quizá no se preguntaría con la misma intensidad si aquello fuera solamente una nota guardada en una computadora.

Y esa sensación, al menos en mi experiencia, produce autoexigencia.

No siempre es agradable.

Publicar también significa equivocarse en público; encontrar una imprecisión después de haber compartido algo; recibir una objeción que no habías considerado; descubrir una fuente que contradice parcialmente lo que pensabas; explicarte mal; o encontrarte con alguien que entendió algo completamente distinto de lo que intentabas decir.

Pero ahí comienza otra parte del aprendizaje.

Una publicación no termina cuando se publica

Los comentarios han sido una de las partes más valiosas de estos meses.

Por supuesto, hay discusiones estériles; hay también respuestas escritas desde el prejuicio, la agresión o simplemente desde las ganas de pelear.

Pero también aparecen preguntas extraordinarias; personas que recomiendan autores que uno no conocía; lectores que detectan un detalle que se escapó; alguien que ofrece una perspectiva completamente distinta; una observación que obliga a regresar a investigar antes de responder.

En esos momentos, la audiencia deja de ser destinataria y comienza a ser partícipe en el proceso mediante el cual uno aprende.

Quizá por eso me resulta cada vez más insuficiente pensar en quienes siguen una página solamente como “seguidores”. En muchas ocasiones han funcionado también como interlocutores, críticos, profesores improvisados y puntos de partida para nuevas preguntas.

Crear contenido se convierte entonces en algo parecido a aprender en público.

Investigas. Explicas. Te expones. Recibes una respuesta. Revisas. Y vuelves a empezar.

Hace seis meses no veía lo que ahora veo

A veces regreso a publicaciones antiguas de Apuntes Críticos. No necesariamente son malas (algunas todavía me gustan mucho), pero encuentro cosas que hoy haría diferentes.

Una frase que podría ser más precisa; una idea que merecía mayor desarrollo. Una imagen que hoy resolvería de otra manera; una simplificación que entonces me parecía suficiente y que ahora me resulta incómoda.

Y eso me alegra.

Porque existe una paradoja bastante bonita en el aprendizaje: empezar a ver los defectos de algo que hiciste puede ser precisamente una señal de que ya no eres exactamente la misma persona que lo hizo.

El Yo que crea contenido hoy sabe hacer algunas cosas que el Yo de hace seis meses todavía no sabía. Y espero sinceramente que dentro de un año ocurra lo mismo.

Espero mirar lo que publico ahora y encontrar errores, limitaciones y decisiones que entonces me parezcan ingenuas. No porque quiera estar permanentemente insatisfecho con lo que hago, sino porque sería preocupante que dentro de un año siguiera viendo las cosas exactamente igual.

Crear aunque nadie te vea

Por eso, después de seis meses, creo que tengo una razón bastante distinta para recomendarle a alguien crear contenido.

No porque vaya a hacerse famoso.

No porque necesariamente vaya a conseguir miles de seguidores.

Ni siquiera porque alguien tenga que verlo.

Crear obliga a investigar, ordenar, seleccionar, explicar y defender ideas; obliga a convertir una curiosidad difusa en algo que pueda ser entendido por otra persona. Y, cuando finalmente alguien lo recibe, comienza una segunda etapa: escuchar, discutir, corregir y aprender otra vez.

Tal vez una de las mejores razones para crear contenido no sea conseguir que otros te escuchen.

Tal vez sea descubrir en quién te obliga a convertirte para tener algo que valga la pena decir.

Seis meses después, eso es probablemente lo más valioso que me ha dado Apuntes Críticos.

Y apenas estamos empezando.

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