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¿Por qué una sola crítica puede pesar más que cien elogios?

Foto del escritor: Valdez-Hernández, Luis Alberto
Valdez-Hernández, Luis Alberto
9 ago
4 min de lectura

El sesgo de negatividad y su posible raíz evolutiva.

El sesgo de negatividad y su posible raíz evolutiva.

Imagina que tuviste un buen día.

Terminaste algo que tenías pendiente. Alguien te agradeció lo que hiciste. Recibiste una buena noticia. Te reíste. Comiste algo que te gustó. Varias cosas salieron bien.

Pero, al final del día, alguien hace un comentario desagradable sobre ti.

Y cuando llegas a casa, ¿en qué sigues pensando?

No en todo lo demás.

En ese comentario.

Lo repasas. Lo interpretas. Imaginas lo que quisieron decir. Tal vez incluso comienzas a reconstruir todo el día alrededor de ese único momento.

Algo parecido ocurre cuando cometemos un error entre muchos aciertos, cuando una persona nos rechaza después de recibir muestras de afecto o cuando una mala experiencia parece contaminar el recuerdo de muchas buenas.

En realidad, es algo más que simple pesimismo; se llama sesgo de negatividad.

Paul Rozin y Edward Royzman (2001) lo describieron como una tendencia por la cual los acontecimientos, rasgos o estímulos negativos pueden adquirir mayor peso psicológico que sus equivalentes positivos. Incluso propusieron el concepto de potencia negativa: ante estímulos comparables, el negativo puede producir una respuesta subjetiva más intensa.

Y una amplia revisión publicada por Roy Baumeister y otros (2001) encontró esta asimetría en ámbitos muy distintos: emociones, memoria, aprendizaje, relaciones personales, formación de impresiones y retroalimentación.

Su título lo resumía de manera deliberadamente provocadora:

“Bad is stronger than good”. Lo malo es más fuerte que lo bueno.

La conclusión no era que “todo lo malo siempre vence a lo bueno”, sino que, en numerosas circunstancias, la información negativa ejerce una influencia desproporcionada sobre nuestra evaluación de las cosas.

Dicho de otro modo, nuestra mente no necesariamente asigna a cada acontecimiento un peso proporcional a su presencia en la realidad.

Incluso existen estudios experimentales que han encontrado respuestas evaluativas más intensas ante información negativa que ante información positiva comparable. Ito y compañía (2001) observaron que información negativa y positiva de intensidad comparable no producía exactamente la misma respuesta evaluativa, toda vez que los estímulos negativos generaban una señal cerebral más intensa asociada con su categorización.

Y desde cierta perspectiva, tiene sentido.

Para un organismo, históricamente podía ser mucho más costoso ignorar una amenaza que ignorar algo favorable. Encontrar comida era bueno; no detectar un depredador podía ser definitivo.

El problema comienza cuando ese mecanismo deja de ayudarnos a detectar algo importante y empieza a distorsionar la imagen completa.

Ahora pensemos en algo mucho más cotidiano: las redes sociales.

Publicas algo en tu plataforma favorita.

Recibes cien comentarios favorables.

Noventa y nueve desaparecen rápidamente en el paisaje.

Pero alguien escribe:

“Esto es una tontería”.

Y ahí se queda tu atención.

Lo lees otra vez. Piensas quién lo escribió. Te preguntas si entendió algo que los demás no entendieron.

Tal vez vuelves a revisar lo que publicaste.

Los cien elogios se convierten en contexto.

La crítica se convierte en acontecimiento.

No existe, por supuesto, una regla matemática según la cual una crítica equivalga exactamente a cien elogios. La intensidad del efecto depende de la persona, del contexto, de aquello que está en juego y del significado de la información.

Pero la asimetría importa.

Y las propias dinámicas digitales parecen favorecer esa atracción por lo negativo. Un estudio publicado en Nature Human Behaviour en 2023 analizó más de 370 millones de impresiones de titulares de noticias y encontró que el lenguaje negativo incrementaba la probabilidad de obtener clics.

Pues sí, lo negativo suele afectarnos más y, encima, también puede captar nuestra atención con mayor facilidad.

Pero aquí aparece una distinción fundamental.

Una crítica puede representar el 1% de las opiniones recibidas y, sin embargo, ocupar el 80% de nuestras preocupaciones. Un error puede convertirse en el recuerdo dominante de una jornada llena de aciertos. Una mala experiencia puede terminar funcionando como resumen de un periodo mucho más complejo.

Entonces ocurre algo peligroso: confundimos intensidad psicológica con representatividad.

Y nuestra percepción comienza a deformarse.

Esto tampoco significa que debamos ignorar las críticas. Sería justamente lo contrario del pensamiento crítico.

Una sola persona puede tener razón frente a cien. Una objeción bien argumentada puede valer infinitamente más que una multitud de felicitaciones superficiales.

Pero son dos preguntas diferentes:

¿Esta crítica es válida?

y

¿qué peso merece dentro del conjunto de la evidencia disponible?

No deberíamos responder la segunda únicamente a partir de cuánto nos dolió la primera.

Pensar críticamente también consiste en aprender a ponderar.

No negar aquello que salió mal, pero tampoco permitir que una pequeña parte del cuadro sustituya al cuadro completo.

Quizá una parte importante de aprender a mirar nuestra propia vida con mayor claridad consista precisamente en eso, en reconocer lo malo sin convertirlo automáticamente en el resumen de todo lo demás.

Porque lo que más pesa en nuestra mente no siempre es lo que más pesa en la realidad.


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Fuentes

• Baumeister, R. F., Bratslavsky, E., Finkenauer, C. & Vohs, K. D. (2001). Bad Is Stronger Than Good. Review of General Psychology, 5(4), 323–370.

• Rozin, P. & Royzman, E. B. (2001). Negativity Bias, Negativity Dominance, and Contagion. Personality and Social Psychology Review, 5(4), 296–320.

• Ito, T. A., Larsen, J. T., Smith, N. K. & Cacioppo, J. T. (1998). Negative Information Weighs More Heavily on the Brain: The Negativity Bias in Evaluative Categorizations. Journal of Personality and Social Psychology, 75(4), 887–900.

• Robertson, C. E., Pröllochs, N., Schwarzenegger, K. et al. (2023). Negativity Drives Online News Consumption. Nature Human Behaviour, 7, 812–822.

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