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Seguidores... ¿para qué?

  • Foto del escritor: Valdez-Hernández, Luis Alberto
    Valdez-Hernández, Luis Alberto
  • hace 13 horas
  • 4 min de lectura

“Dale like, comparte y sígueme”.

La fórmula se ha vuelto tan cotidiana que apenas reparamos en ella. La escuchamos en creadores de contenido, empresas, profesionistas, medios, instituciones, partidos políticos, etcétera.

Y no hay nada extraño en ello. Si alguien dedica tiempo a producir contenido, ofrecer un servicio, defender ideas o impulsar un proyecto, es natural que quiera llegar a más personas.

La pregunta aparece después: seguidores… ¿para qué?

No es una pregunta retórica ni necesariamente una crítica; es, más bien, una invitación a preguntarnos qué significa realmente esa cifra que aparece debajo de nuestro nombre y que tantas veces usamos como medida del éxito.

Porque un seguidor puede significar cosas muy distintas.

Para un profesionista, por ejemplo, unos cuantos miles de personas interesadas específicamente en su trabajo pueden representar oportunidades laborales, clientes o reconocimiento en su campo; para un partido político, en cambio, esa misma cantidad podría resultar insignificante si no existe ninguna relación entre esa presencia digital y su capacidad para persuadir, movilizar o conseguir votos.

La misma cifra puede ser extraordinaria en un caso e irrelevante en otro.

10k seguidores. 100k seguidores. 1M seguidores.

Instintivamente suponemos que la última es más importante.

Pero ¿más importante para qué?

Lo que el contador no cuenta

Las plataformas han conseguido convertir algo extraordinariamente complejo —la atención humana— en números simples, visibles y comparables.

Seguidores. Likes. Reproducciones. Comentarios. Compartidos.

Las cifras permiten comparar, pero también pueden llevarnos a confundir aquello que podemos medir fácilmente con aquello que realmente importa.

Además, hoy el número de seguidores dice cada vez menos sobre quién realmente nos escucha.

Los algoritmos pueden llevar una publicación a miles de personas que jamás han seguido la cuenta que la publicó. Al mismo tiempo, alguien puede seguir una página durante años y apenas encontrarse con sus contenidos.

Podemos tener seguidores que no nos ven y personas que nos ven constantemente sin seguirnos.

Como he señalado en publicaciones anteriores, tener seguidores no es lo mismo que tener audiencia; tener audiencia no significa necesariamente tener atención; y tener atención tampoco equivale automáticamente a tener influencia.

Mucho menos autoridad.

Una persona puede acumular cientos de miles de seguidores y ejercer poca influencia sobre ellos; otra puede reunir una comunidad pequeña y convertirse en una referencia decisiva dentro de un ámbito específico.

La escala importa, pero no lo explica todo.

El prestigio de los números

Los seguidores también funcionan como una señal pública de estatus.

Cuando entramos al perfil de alguien y encontramos una cifra enorme, recibimos cierta información antes siquiera de leer lo que publica: debe ser conocido, relevante, quizá digno de ser escuchado. La cifra llega a operar como una suerte de credencial.

Pero popularidad no es autoridad, visibilidad no es relevancia y notoriedad no es necesariamente influencia.

El contador puede decirnos cuántas personas pulsaron alguna vez un botón, pero difícilmente cuánto confían en alguien, cuánto valoran su trabajo o qué disposición tienen para actuar a partir de sus ideas.

Por eso también se habla de “métricas de vanidad”: cifras agradables de observar y sencillas de presumir, pero que no necesariamente permiten saber si estamos logrando algo significativo.

El término puede sonar despectivo. Después de todo, los seguidores importan; las visualizaciones también. El problema aparece cuando esas cifras dejan de ayudarnos a observar lo que ocurre y empiezan a convertirse en el propósito mismo.

Crecer para llegar a más lectores tiene sentido. Crecer para vender, encontrar clientes, difundir ideas, reunir una comunidad, impulsar una causa o construir reconocimiento también puede tenerlo.

Pero “crecer” en abstracto nunca termina.

Después de 1k queremos 10k; después de 10k, 50k; después de 50k, 100k.

Y entonces quizá valga la pena preguntarnos qué cambiaría realmente si mañana el número fuese el doble. Porque una cifra solo puede decirnos si estamos avanzando cuando sabemos hacia dónde queríamos ir.

¿Qué obtiene quien nos sigue?

Cuando pensamos en seguidores solemos pensar en lo que queremos obtener de ellos.

Que lean. Que compren. Que voten. Que compartan. Que recomienden. Que regresen.

Pero hay otra pregunta menos frecuente: ¿qué obtiene alguien de seguirnos?

Porque detrás de cada seguidor hay una persona que nos concede, aunque sea de manera mínima e intermitente, una parte de su atención.

Y, perdón, pero aquí voy a decir algo que a muchos puede incomodar: conseguir atención no equivale a merecerla.

Así las cosas, quizá el verdadero desafío no sea únicamente conseguir que alguien pulse “seguir”, sino darle alguna razón para detenerse nuevamente cuando volvamos a aparecer en su pantalla.

Volver a la pregunta

Celebro cuando una publicaciónllega más lejos de lo habitual, cuando nuevas personas encuentran un proyecto y cuando una comunidad crece. Sería absurdo fingir que esas cifras no producen satisfacción.

El problema no está en querer crecer; está en olvidar qué significa ese crecimiento.

Podemos tener más seguidores y menos atención. Más visualizaciones y menos influencia. Más popularidad y menos autoridad. Y también puede ocurrir exactamente lo contrario.

Entonces 5k seguidores pueden ser pocos o muchísimos; 100k pueden representar una comunidad extraordinaria o simplemente un número extraordinariamente grande. Todo depende de aquello que esperamos construir alrededor de ellos.

Así que quizá, antes de celebrar el siguiente millar o volver a pedir automáticamente que alguien presione un botón, convendría regresar de vez en cuando a una pregunta mucho más elemental:

Seguidores… ¿para qué?

 

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