Feminismo, patriarcado y OnlyFans: la paradoja del empoderamiento en la economía digital
- Luis Alberto Valdez

- hace 4 horas
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Hay temas que suelen discutirse mal desde el principio, y OnlyFans es uno de ellos. Se le mira, según el caso, como una degradación evidente o como una prueba automática de emancipación. Pero entre ambas simplificaciones se pierde lo esencial, es decir, aquello que este fenómeno nos revela sobre el cuerpo, el deseo, el mercado y las nuevas formas del poder en la cultura digital.
Tomarlo en serio no es exagerado. Según los reportes financieros de Fenix International Limited (2025), empresa matriz de OnlyFans, en 2024 la plataforma procesó más de 7 mil millones de dólares en pagos, albergó 4.6 millones de cuentas creadoras y alcanzó 377 millones de cuentas fans. Dichas cifras confirman que no estamos ante un fenómeno marginal, sino frente a una industria plenamente incorporada a la economía digital contemporánea.
Por eso la pregunta relevante no es si una mujer puede ganar dinero con su imagen. Claro que puede. La cuestión es desentrañar qué tipo de libertad es esa y dentro de qué estructura opera. Porque una cosa es reconocer la capacidad de decisión individual y otra muy distinta convertir cualquier elección en prueba suficiente de emancipación.
Para pensar el problema con un poco más de rigor conviene partir de una primera distinción: el patriarcado no se entiende aquí como simple retórica, sino como una estructura histórica que ha distribuido de forma desigual prestigio, autoridad, deseo legítimo y valor social del cuerpo femenino. Desde ese marco, el debate sobre OnlyFans no puede reducirse a una celebración acrítica de la elección individual, toda vez que lo importante es preguntarse bajo qué condiciones sociales, culturales y económicas esa elección se vuelve rentable, visible e incluso admirada.
Y es que la apariencia innovadora de esta plataforma no debería llevarnos a perder de vista una continuidad de fondo: detrás de ella subsiste un vínculo reconocible con formas históricas de mercantilización sexual. Rosalind Gill (2007) llamó a esto una sensibilidad posfeminista, es decir, un entorno cultural donde la autonomía, la elección y el empoderamiento son exaltados, pero en coexistencia con nuevas formas de autovigilancia, sexualización y disciplinamiento. En esa misma dirección, Delicado-Moratalla y Ortiz-Pérez (2024) han sostenido que el caso de OnlyFans puede leerse como parte de un ciberespacio pornográfico que reproduce viejas relaciones patriarcales mediante infraestructuras tecnológicas nuevas.
Y, sin embargo, tampoco sería serio negar la capacidad de decisión de quienes participan en estas plataformas. De hecho, diversos trabajos muestran que muchas mujeres encuentran en espacios como OnlyFans una fuente concreta de ingresos, mayor control sobre su tiempo, una forma de gestionar su imagen y, en algunos casos, una experiencia de autonomía superior a la que les ofrecen otros mercados laborales (Cardoso y Scarcelli, 2022; McCluskey, 2023). En consecuencia, reducirlas automáticamente a víctimas sería intelectualmente pobre y políticamente injusto.
Ese es el núcleo de la paradoja: hay decisión, pero condicionada; hay control, aunque relativo y precario; hay ingresos, pero insertos en una estructura profundamente desigual. La autonomía es real, sí, pero no puede analizarse desconectada del mercado que la habilita y al mismo tiempo la limita. Y ese mercado no es neutral ni inocente, dado que está atravesado por jerarquías de género persistentes, lógicas de consumo masculinizadas, desigualdades materiales estructurales y una cultura digital que premia —y a menudo exige— la visibilidad extrema, la exposición constante y la capacidad de convertir la propia intimidad en producto monetizable.
Y no hay que perder de vista que OnlyFans es, ante todo, una plataforma. Y eso importa, dado que las plataformas no se limitan a conectar usuarios: intermedian relaciones, fijan reglas, administran visibilidad y extraen valor. Tal como advierte Browne (2021a, 2021b), la supuesta libertad del mercado sexual digital descansa sobre una arquitectura corporativa, financiera y regulatoria que las creadoras no controlan.
Esto vuelve especialmente problemática la noción ingenua de empoderamiento. La plataforma sí ofrece dinero, flexibilidad y un margen real de control y decisión; sin embargo, ese margen opera estrictamente dentro de una estructura más amplia que no se disuelve solo porque la mediación sea ahora digital. Lo que cambia no es la lógica de fondo —la desigualdad de poder, la cosificación y la dependencia económica—, sino su forma de gestión. El poder ya no se manifiesta sólo como prohibición o censura externa: aparece también —y con mayor sutileza— como algoritmo que premia o castiga visibilidad, como suscripción que demanda renovación constante, como jerarquías implícitas que premian la hipersexualización y la disponibilidad, como dependencia de pagos irregulares y como presión ininterrumpida por atraer y sostener la mirada del consumidor.
A ello se suma algo que con frecuencia se omite: el trabajo invisible. El sentido común imagina OnlyFans como un espacio donde basta con subir contenido y cobrar. La realidad es mucho más densa. Schuchmann (2025), en su estudio sobre trabajo emocional en creadoras alemanas de OnlyFans, muestra que buena parte de la labor cotidiana consiste en gestionar emociones, administrar conversaciones, proyectar cercanía, dosificar intimidad, sostener una narrativa de autenticidad, cuidar fronteras personales, atender mensajes, filtrar interacciones y trabajar permanentemente su marca. Por tanto, lo que verdaderamente se monetiza va más allá del cuerpo.
Esa dimensión desplaza el análisis del terreno puramente moral al de la economía política y la cultura digital. Esto va más allá de una simple discusión sobre sexualidad: en el fondo constituye una modalidad de trabajo atravesada por el mercado de la atención, y en este contexto, el lenguaje contemporáneo del empoderamiento se vuelve inevitablemente ambiguo.
Aquí conviene recuperar dos advertencias fundamentales. Por un lado, Gill (2007) señala que el lenguaje de la elección y el empoderamiento puede convivir perfectamente —e incluso reforzar— nuevas formas de objetivación y subjetivación sexual en el contexto posfeminista. Por otro, Cardoso y Scarcelli (2022) subrayan que el trabajo sexual(izado) en plataformas digitales se sostiene sobre una inversión material, corporal y afectiva profunda que no se disuelve ni se neutraliza solo porque medie consentimiento explícito.
De ahí que no se trate de negar que muchas mujeres puedan resignificar su sexualidad, obtener ingresos importantes o encontrar en estas plataformas una forma de agencia real. Se trata, más bien, de reconocer que el capitalismo digital posee una enorme capacidad para absorber el lenguaje de la autonomía y volverlo compatible con sus propias lógicas de acumulación. Puede incorporar el discurso de la libertad sin dejar de reproducir desigualdades. Puede celebrar la elección individual sin desmontar la lógica estructural que hace rentable la sexualización femenina. Puede ofrecer recursos, flexibilidad y capacidad de decisión, pero al mismo tiempo reforzar la idea de que uno de los caminos más accesibles para obtener visibilidad y dinero en la economía digital sigue siendo convertir el propio cuerpo en activo competitivo.
Esta dinámica se agrava por la marcada desigualdad en la distribución de los ingresos. Si bien OnlyFans no publica un desglose oficial por percentiles, analistas de la industria estiman que la concentración es extrema: el 10% superior acapararía alrededor del 73% del dinero generado en la plataforma y el 1% superior, cerca del 33%; a su vez, la cuenta mediana obtendría apenas unos 180 dólares mensuales (Jockel, 2025).
Por eso OnlyFans no refuta por sí solo al patriarcado. Pero tampoco puede entenderse únicamente como su repetición mecánica. Lo que hace, más bien, es reconfigurarlo. Lo adapta a una economía donde la intimidad puede monetizarse, donde la validación circula como capital y donde el cuerpo femenino sigue ocupando un lugar privilegiado en la producción de valor. El patriarcado no desaparece: se digitaliza, se estetiza, se vuelve interfaz.
Eso obliga a escapar de dos respuestas fáciles. La primera es la condena automática, que reduce todo a degradación moral y cancela la complejidad del fenómeno. La segunda es el entusiasmo ingenuo, que llama empoderamiento a cualquier experiencia de monetización sin detenerse a mirar sus costos, sus dependencias y sus condiciones estructurales. Ninguna de las dos basta.
Una mirada feminista más exigente tendría que sostener al mismo tiempo varias verdades incómodas: que hay capacidad real, pero no soberanía plena; que hay ingresos, pero no neutralidad del mercado; que hay control, pero no independencia estructural; que hay libertad, pero una libertad situada, condicionada y absorbida por una economía que sabe convertir incluso la emancipación en mercancía.
Tal vez eso sea lo más revelador del caso. OnlyFans no inventó la cosificación, ni la mercantilización del deseo, ni la desigualdad de género. Lo que hizo fue volverlas más eficientes, más medibles y más compatibles con la cultura emprendedora del capitalismo digital. En esa interfaz se cruzan varias narrativas de nuestro tiempo: la autonomía individual, la estética del yo, la precariedad disfrazada de oportunidad, la monetización de la intimidad y la persistencia de un orden que sigue encontrando valor económico en el cuerpo de las mujeres.
En ese sentido, la discusión sobre feminismo, patriarcado y OnlyFans no debería resolverse preguntando si la plataforma es “buena” o “mala” para las mujeres en abstracto. La pregunta más útil es otra: quién decide, bajo qué condiciones, para beneficio de quién y con qué costos visibles e invisibles. Sólo así puede pensarse este fenómeno más allá del escándalo o la celebración automática.
Después de todo, OnlyFans es más que una simple plataforma de contenido para adultos; es un laboratorio de la economía digital contemporánea, donde se cruzan deseo, desigualdad, mercado, tecnología y poder. Y justamente por eso resulta tan importante discutirlo con más cuidado del que suele permitirse en la conversación pública.
Referencias:
Browne, R. (2021a, 20 de agosto). Porn made OnlyFans a powerhouse. Now it’s banning sexual content after pressure from banks. CNBC.
(2021b, 24 de agosto). OnlyFans CEO explains why the site banned porn: “The short answer is banks”. CNBC.
Cardoso, D., y Scarcelli, C. M. (2022). The bodies of the (digitized) body: Experiences of sexual(ised) work on OnlyFans. MedieKultur: Journal of Media and Communication Research, 37(71), 98–121.
Delicado-Moratalla, L., y Ortiz-Pérez, S. (2024). El ciberespacio pornográfico: una reflexión crítica, geográfica y feminista a partir del caso OnlyFans. Feminismo/s, (44), 425–452.
Fenix International Limited. (2025, 27 de agosto). Group of companies’ accounts made up to 30 November 2024 [Resultados financieros]. Companies House.
Gill, R. (2007). Postfeminist media culture: Elements of a sensibility. European Journal of Cultural Studies, 10(2), 147–166.
Jockel, J. (2025, 11 de septiembre). Boom times and total burnout: Three days at Europe’s biggest pornography conference. The Guardian.
McCluskey, M. (2023). OnlyFans: The celebritization of online sexual labour. Canadian Graduate Journal of Sociology and Criminology, 6(1).
Schuchmann, S. (2025). ‘I tell them the story that they want to hear that day’: Emotion management, emotional labour, and authenticity as a digital sex worker – the case of OnlyFans. Porn Studies. Advance online publication.


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